El triste testimonio de Mara Wilson, la actriz que hizo de Matilda

Una vida acomplejada

Mara Wilson había comenzado a presentarse a audiciones cuando tenía tres años. Su primer papel lo tuvo en una superproducción con Robin Williams, Papá por siempre, donde encarnó a su hija menor. Su impecable interpretación como hija de Williams en Mrs. Doubtfire la catapultó al selecto grupo de actores infantiles que cualquier director de megaproducción consideraría llamar.

Fue así como llegó a “Milagro en la calle 34”, cuyo guión les encantó a ella y a su madre, en un principio.

“Me encantó Susan de inmediato: parecía inteligente”, cuenta en su libro.

Sin embargo, los cambios del director fueron quitándole inteligencia y volviéndola cada vez más tierna. Cuando su madre preguntaba por qué había incluido palabras impronunciables para una niña de 6 años o por qué el personaje se iría a la cama con un lazo en el pelo, la respuesta era siempre la misma: “Porque se ve tan tierna”.

La crítica fue bipolar. Pero la que Wilson más recuerda no es precisamente una de las buenas, sino una “particularmente brutal”.

“En vez de apuntar a directores y productores que tratan a los niños como muñecas, reservo su ira para mí. Cuando me veía sonreír, todo lo que quería era -y la cito textual- zarandearla de sus pequeños y adorables hombros hasta que sus dientes chirríen“.

En la adolescencia, de golpe, Mara se dio cuenta de que ser tierna no servía para nada.

A pesar de que en medio de la filmación de Matilda, cuando tenía 8 años, sólo quería crecer y tener la libertad de sus hermanos adolescentes, la pubertad llegó de manera arrolladora para Wilson. Poco después del estreno de esa película, la niña perdió a su madre por un cáncer fulminante.

No quiso aceptar ningún guión hasta varios años más tarde, cuando a los 11 conoció Britt Allcroft, una directora “gentil, un poco excéntrica, como una abuela, quien estaba llena de ideas”. “No le pude decir que no”, cuenta. Y se enfrascó en la filmación de Thomas y el tren mágico.

Fue un mes de filmación en la Isla de Man (Reino Unido) y otro en Toronto, Canadá. Como su padre tenía que trabajar, viajó sola.

Y esa misma “pseudoabuela” fue la encargada de tener una conversación con Mara que ésta nunca olvidaría. “Mara, cuando comenzamos a filmar todavía eras una niña, pero ahora creciste, tienes 12 años”, le dijo. “Tu cuerpo ha cambiado. Y nos dimos cuenta de esos cambios al revisar las tomas. Así que tal vez podrías usar un corpiño deportivo.”. Cuando se fue, su cuidadora, Lucy, entró y puso una serie de corpiños sobre la cama. “La pubertad había llegado y yo fui la última en enterarme”.

Rompió en llanto. “No te pongas triste -le dijo Lucy-. No es algo malo. Las tetas son algo fabuloso”.

Fue el inicio del fin de su carrera. Un día, cuando se buscó en Internet, encontró varios sitios que la ponían como fetiche sexual. A los 12 años vio frente a la pantalla como a través de una manipulación fotográfica su cara había sido pegada al cuerpo de una niña adolescente.

“Mi familia había cambiado, mi cuerpo había cambiado, mi vida había cambiado”, cuenta.

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