Entrevista a Gastón Gallo: “Si la ambición es mala palabra, yo ya estoy condenado”

El empresario y director nos habla de su ópera prima y sus próximos proyectos

Gastón Gallo

Gastón Gallo es reconocido mundialmente como uno de los mejores diseñadores de arte pirotécnico del mundo. Fue triple campeón mundial en espectáculos de fuegos artificiales con Jupiter Fuegos Artificiales y es el diseñador más joven en el mundo en haber ganado Montreal, Cannes y Chantilly.

Hombre ambicioso y emprendedor, Gallo es un apasionado del cine. Cursó la carrera de dirección en el CIEVYC y entre 2010 y 2011 estudió guión con Aída Bortnik y Juan José Campanella. En 2014 estrenó su ópera prima Gato Negro, protagonizada por Luciano Cáceres, y hoy en día se embarca en un nuevo proyecto.

Vos venís del palo de la pirotecnia, ¿cómo te metiste en el mundo del cine?

El cine siempre me fascinó y creo que el arte pirotécnico tiene mucho del cine, de su espectacularidad. Conocer a Aída (Bortnik) fue central en mi recorrido porque yo no venía del palo de la escritura y sus enseñanzas fueron muy importantes, me ayudó mucho. Lamentablemente ella no pudo ver la peli ni el guion terminado pero vio el cortometraje y se habrá imaginado que mis historias iban a ir por alguno de los temas que solía escribir.

¿Cuáles son esos temas recurrentes? ¿Lograste plasmarlos en Gato Negro?

Siempre escribí alrededor de los mismos conflictos que, por supuesto, en Gato Negro están presentes. En Gato Negro me interesaba documentar un momento histórico: el cierre de los ingenios de azúcar, las migraciones a la gran ciudad; quería hacerlo a través de la mirada de un personaje que fuera un sobreviviente, un personaje conflictivo, que se abriera camino a las trompadas, digamos. No me interesaba tomar partido, ni juzgar qué está bien y qué está mal, yo quería ubicarme en ese fino límite entre la luz y la oscuridad. Pero sí tenía bien claro que esa falta de límites tenía que llevar al personaje a un final trágico.

Vos sos de origen tucumano, ¿cuán autorreferencial es la película?

Hablemos claro: es una ficción; aunque obviamente hay mucho de autorreferencialidad porque mi familia es de origen tucumano. Tanto mi papá como mi mamá vivieron esa migración de Tucumán a Buenos Aires con mucho dolor y yo siempre mantuve una relación estrecha con mis abuelas, entonces son universos que conocía, y aunque tuve mucho que investigar, fue como explorar mis propias raíces. La cinematografía argentina no había tocado mucho la historia de la crisis de lo ingenios de azúcar en Tucumán y yo quería hablar de eso.

La película dura dos horas, tiene locaciones en Tucumán, en Buenos Aires… ¿estás de acuerdo con los críticos en que es una película ambiciosa?

Sin dudas es ambiciosa, porque el personaje también lo es. Yo creo que cada cual tiene que ser genuino con sí mismo y a mí me sale escribir cosas con mucho recorrido, con muchos elementos y me interesa retratar el camino de determinado tipo de personajes: esos que van para adelante, esos que avanzan; un poco por mi propia historia. Una peli con un personaje de esas características tenía que ser contada irremediablemente de esa manera. Con Gato Negro quedé contento porque no me traicioné ni traicioné a Tito Pereyra (Luciano Cáceres).

Gato Negro

¿Desde el comienzo imaginaste a Luciano (Cáceres) en la piel de Tito Pereyra?

No, la verdad que no (risas), primero habíamos elegido a otro actor para el protagónico y Luciano iba a interpretar a un personaje secundario, pero se dieron diversas circunstancias y Luciano ya me había manifestado que quería hacer de Tito… y así fue. A mí Luciano me encantaba pero no me cerraba que un tucumano de los ingenios tuviera ojos celestes cristalinos, entonces le propuse filmar con lentes de contacto y dijo que sí. Mostró siempre la mejor predisposición: antes del rodaje viajamos con él y otros actores a Tucumán para habituarnos, una experiencia muy linda. Desde el principio, Luciano puso mucha energía en el proyecto y creo que eso se percibe en la pantalla.

Tenés mucha experiencia organizando eventos, pero Gato Negro fue tu primera película, ¿cómo fue el tema de la realización?

Mirá, hacer una película es un quilombo, es como tratar de tener una pymes y hacerla de cero en una situación en donde no tenés nada a favor. Movés un montón de recursos, un montón de gente con la presión de contar con un tiempo limitado. En el caso de Gato Negro se suma la reconstrucción de época y la cantidad y variedad de locaciones: Retiro, Constitución, Mar del Plata, Tucumán… la verdad es que peleás, puteás, es un quilombo, pero también es una gran satisfacción. En Tucumán, por ejemplo, la gente se comportó bárbaro cuando se enteró de que había un loco que quería meterse a hacer una película ahí (risas), fue hermoso hacer que volviera a salir humo de esas chimeneas (las del ingenio) y que eso quedara plasmado en la película para siempre.

De todas las escenas que filmaste, ¿cuál fue la qué más te quedó grabada?

Sin dudas el encuentro entre Tito y el padre (Lito Cruz), porque ahí se generó algo mágico. Al salir a escena, Lito nos sorprendió a todos, a mí y a Luciano incluidos, e improvisó algo distinto a lo que estaba planificado. En el momento de la escritura del guión, yo sabía que ese momento iba a ser central, quizás el más conmovedor de toda la película, y cuando las cosas se dieron de forma tan natural en la primera toma, me dije “chau, no necesito más”. Fue perfecto.

Después de dos años del estreno de tu ópera prima, ¿tenés planes para una nueva película?

Sí, voy a seguir haciendo películas, porque quiero seguir plasmando en la pantalla distintos universos que me interesan. Todavía siento esa necesidad. Después de terminar Gato Negro, inmediatamente me puse a escribir un nuevo guion. Estamos viendo qué podemos hacer ahora que está terminado.

En este nuevo guión, ¿volvés sobre los mismos temas?

Siempre hay una continuidad, un alma, pero ahora es otro tema. Vamos a ver si logro filmarla el año que viene. También es, como dicen por ahí, ambiciosa. La verdad es que, si la ambición es mala palabra, yo ya estoy condenado.

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